lunes, 20 de mayo de 2013
Yo no soy yo
Soy este
que va a mi lado sin yo verlo,
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.
Juan Ramón Jiménez, Eternidades, 1918.
Acaso...
no reparaba en torno mío, un día
me sorprendió la fértil primavera
que en todo el ancho campo sonreía.
Brotaban verdes hojas
de las hinchadas yemas del ramaje,
y flores amarillas, blancas, rojas,
alegraban la mancha del paisaje.
Y era una lluvia de saetas de oro,
el sol sobre las frondas juveniles;
del amplio río en el caudal sonoro
se miraban los álamos gentiles.
Tras de tanto camino es la primera
vez que miro brotar la primavera,
dije, y después, declamatoriamente:
—¡Cuán tarde ya para la dicha mía!—
Y luego, al caminar, como quien siente
alas de otra ilusión: —Y todavía
¡yo alcanzaré mi juventud un día!
Antonio Machado, Humorismos, Fantasías, Apuntes... (1899-1907).
martes, 14 de mayo de 2013
Sueño infantil
de fiesta y de luna,
noche de mis sueños,
noche de alegría
-era luz mi alma
que hoy es bruma toda,
no eran mis cabellos
negros todavía-,
el hada más joven
me llevó en sus brazos
a la alegre fiesta
que en la plaza ardía.
So el chisporroteo
de las luminarias,
amor sus madejas
de danzas tejía.
Y en aquella noche
de fiesta y de luna,
noche de mis sueños,
noche de alegría,
el hada más joven
besaba mi frente...
con su linda mano
su adiós me decía...
Todos los rosales
daban sus aromas,
todos los amores
amor entreabría.
Mariposa de la sierra
A Juan Ramón Jiménez, por su libro Platero y yo.
¿No eres tú, mariposa,
el alma de estas sierras solitarias,
de sus barrancos hondos,
y de sus cumbres agrias?
Para que tú nacieras,
con su varita mágica
a las tormentas de la piedra, un día,
mandó callar un hada,
y encadenó los montes
para que tú volaras.
Anaranjada y negra,
morenita y dorada,
mariposa montés, sobre el romero
plegadas las alillas o, voltarias,
jugando con el sol, o sobre un rayo
de sol crucificadas.
¡Mariposa montés y campesina,
mariposa serrana,
nadie ha pintado tu color; tú vives
tu color y tus alas
en el aire, en el sol, sobre el romero,
tan libre, tan salada!...
Que Juan Ramón Jiménez
pulse por ti su lira franciscana.
Caminos
tras las murallas viejas,
yo contemplo la tarde silenciosa,
a solas con mi sombra y con mi pena.
El río va corriendo,
entre sombrías huertas
y grises olivares,
por los alegres campos de Baeza
Tienen las vides pámpanos dorados
sobre las rojas cepas.
Guadalquivir, como un alfanje roto
y disperso, reluce y espejea.
Lejos, los montes duermen
envueltos en la niebla,
niebla de otoño, maternal; descansan
las rudas moles de su ser de piedra
en esta tibia tarde de noviembre,
tarde piadosa, cárdena y violeta.
El viento ha sacudido
los mustios olmos de la carretera,
levantando en rosados torbellinos
el polvo de la tierra.
La luna está subiendo
amoratada, jadeante y llena.
Los caminitos blancos
se cruzan y se alejan,
buscando los dispersos caseríos
del valle y de la sierra.
Caminos de los campos...
¡Ay, ya, no puedo caminar con ella!
En noviembre de 1913.
Elegía a un Madrigal
¡oh tarde como tantas!, el alma mía era,
bajo el azul monótono, un ancho y terso río
que ni tenía un pobre juncal en su ribera.
¡Oh mundo sin encanto, sentimental inopia
que borra el misterioso azogue del cristal!
¡Oh el alma sin amores que el Universo copia
con un irremediable bostezo universal!
Quiso el poeta recordar a solas,
las ondas bien amadas, la luz de los cabellos
que él llamaba en sus rimas rubias olas.
Leyó... La letra mata: no se acordaba de ellos...
Y un día —como tantos—, al aspirar un día
aromas de una rosa que en el rosal se abría,
brotó como una llama la luz de los cabellos
que él en sus madrigales llamaba rubias olas,
brotó, porque un aroma igual tuvieron ellos...
Y se alejó en silencio para llorar a solas.
Caminante, no hay camino
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.
¡Qué tristeza de olor a jazmín!
torna a encender las calles y a oscurecer las casas,
y, en las noches, regueros descendidos de estrellas
pesan sobre los ojos cargados de nostalgia.
En los balcones, a las altas horas, siguen
blancas mujeres mudas, que parecen fantasmas;
el río manda, a veces, una cansada brisa,
el ocaso, una música imposible y romántica.
La penumbra reluce de suspiros; el mundo
se viene, en un olvido mágico, a flor de alma;
y se cogen libélulas con las manos caídas,
y, entre constelaciones, la alta luna se estanca.
¡Qué tristeza de olor de jazmín! Los pianos
están abiertos; hay en todas partes miradas
calientes... Por el fondo de cada sombra azul,
se esfuma una visión apasionada y lánguida.
Trascielo del cielo azul
¡Negro!
¡Negro de día en agosto!
¡Qué miedo!
¡Qué espanto en la siesta ardiente!
¡Negro!
¡Negro en las rosas y el río!
¡Qué miedo!
¡Negro, de día, en mi tierra
(¡negro!)
sobre las paredes blancas!
¡Qué miedo!
El viaje definitivo
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas la tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado.
mi espíritu errará, nostálgico…
Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.
Juan Ramón Jiménez, Canción, 1936.
Adolescencia
nos quedamos los dos solos.
Desde la dulce mañana
de aquel día, éramos novios.
-El paisaje soñoliento
dormía sus vagos tonos,
bajo el cielo gris y rosa
del crepúsculo de otoño.-
Le dije que iba a besarla;
bajó, serena, los ojos
y me ofreció sus mejillas,
como quien pierde un tesoro.
-Caían las hojas muertas,
en el jardín silencioso,
y en el aire erraba aún
un perfume de heliotropos.-
le dije que éramos novios,
...y las lágrimas rodaron
de sus ojos melancólicos.
Yo no soy yo
que va a mi lado sin yo verlo;
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces, olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pié cuando yo muera.
lunes, 5 de septiembre de 2011
Poemas seleccionados por 4º D: Siglo XX
Poema seleccionado por Sheila Martín:
¡Adiós!
de Alfonsina Storni
Las cosas que mueren jamás resucitan,
las cosas que mueren no tornan jamás.
¡Se quiebran los vasos y el vidrio que queda
es polvo por siempre y por siempre será!
Cuando los capullos caen de la rama
dos veces seguidas no florecerán...
¡Las flores tronchadas por el viento impío
se agotan por siempre, por siempre jamás!
¡Los días que fueron, los días perdidos,
los días inertes ya no volverán!
¡Qué tristes las horas que se desgranaron
bajo el aletazo de la soledad!
¡Qué tristes las sombras, las sombras nefastas,
las sombras creadas por nuestra maldad!
¡Oh, las cosas idas, las cosas marchitas,
las cosas celestes que así se nos van!
¡Corazón... silencia!... ¡Cúbrete de llagas!...
-de llagas infectas- ¡cúbrete de mal!...
¡Que todo el que llegue se muera al tocarte,
corazón maldito que inquietas mi afán!
¡Adiós para siempre mis dulzuras todas!
¡Adiós mi alegría llena de bondad!
¡Oh, las cosas muertas, las cosas marchitas,
las cosas celestes que no vuelven más!...
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Poema seleccionado por Adrián Agulló:
Despedida
de Federico García Lorca
Si muero,
dejad el balcón abierto.
El niño come naranjas.
(Desde mi balcón lo veo).
El segador siega el trigo.
(Desde mi balcón lo siento).
¡Si muero,
dejad el balcón abierto!
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Poema seleccionado por Julia Martínez V.:
Diosa
de Vicente Aleixandre
Dormida sobre el tigre,
su leve trenza yace.
Mirad su bulto. Alienta
sobre la piel hermosa,
tranquila, soberana.
¿Quién puede osar, quién sólo
sus labios hoy pondría
sobre la luz dichosa
que, humana apenas, sueña?
Miradla allí. ¡Cuán sola!
¡Cuán intacta! ¿Tangible?
Casi divina, leve
el seno se alza, cesa,
se yergue, abate; gime
como el amor. Y un tigre
soberbio la sostiene
como la mar hircana,
donde flotase extensa,
feliz, nunca ofrecida.
¡Ah, mortales! No, nunca;
desnuda, nunca vuestra.
Sobre la piel hoy ígnea
miradla, exenta: es diosa.
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Poema seleccionado por José Antonio Valero:
Clávame con tu ojos esa nube
Clávame con tus ojos esa nube
y esta esperanza de hombre que me queda.
¿Por dónde yo si estaba en la alameda
de tus ojos mintiendo cuando estuve?
Disciplina de todo lo que sube.
De lo que mira y ve, mientras se enreda
su triste agilidad, como en la rueda
de tus campos del cielo que no anduve.
Y es por seguir cegueras sin mancilla
por lo que tanta bruma nos separa
y hace del resplandor su maravilla,
su clavel mudo. ¡Y qué ajenos al daño
después, cuando tus ojos son la clara
locura de no verme siempre extraño!
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Poema seleccionado por Mayte Pérez:
Bella
de Pablo Neruda
Bella,
como en la piedra fresca
del manantial, el agua
abre un ancho relámpago de espuma,
así es la sonrisa en tu rostro,
bella.
Bella,
de finas manos y delgados pies
como un caballito de plata,
andando, flor del mundo,
así te veo,
bella.
Bella
con un nido de cobre enmarañado
en tu cabeza, un nido
color de miel sombría
donde mi corazón arde y reposa,
bella.
Bella,
no te caben los ojos en la cara,
no te caben los ojos en la tierra.
Hay países, hay ríos,
en tus ojos,
mi patria está en tus ojos,
yo camino por ellos,
ellos dan luz al mundo
por donde yo camino,
bella.
Bella,
tus senos son como dos panes hechos
de tierra cereal y luna de oro,
bella.
Bella,
tu cintura
la hizo mi brazo como un río cuando
pasó mil años por tu dulce cuerpo,
bella.
Bella,
No hay nada como tus caderas,
tal vez la tierra tiene
en algún sitio oculto
la curva y el aroma de tu cuerpo,
tal vez en algún sitio,
bella.
Bella, mi bella,
tu voz, tu piel, tus uñas,
bella, mi bella,
tu ser, tu luz, tu sombra,
bella,
todo eso es mío, bella,
todo eso es mío, mía,
cuando andas o reposas,
cuando cantas o duermes,
cuando sufres o sueñas,
siempre,
cuando estás cerca o lejos,
siempre,
eres mía, mi bella,
siempre.
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Poema seleccionado por Alejandro Montero:
Todas íbamos a ser reinas
Todas íbamos a ser reinas,
de cuatro reinos sobre el mar:
Rosalía con Efigenia
y Lucila con Soledad.
En el valle de Elqui, ceñido
de cien montañas o de más,
que como ofrendas o tributos
arden en rojo y azafrán.
Lo decíamos embriagadas,
y lo tuvimos por verdad,
que seríamos todas reinas
y llegaríamos al mar.
Con las trenzas de los siete años,
y batas claras de percal,
persiguiendo tordos huidos
en la sombra del higueral.
De los cuatro reinos, decíamos,
indudables como el Korán,
que por grandes y por cabales
alcanzarían hasta el mar.
Cuatro esposos desposarían,
por el tiempo de desposar,
y eran reyes y cantadores
como David, rey de Judá.
Y de ser grandes nuestros reinos,
ellos tendrían, sin faltar,
mares verdes, mares de algas,
y el ave loca del faisán.
Y de tener todos los frutos,
árbol de leche, árbol del pan,
el guayacán no cortaríamos
ni morderíamos metal.
Todas íbamos a ser reinas,
y de verídico reinar;
pero ninguna ha sido reina
ni en Arauco ni en Copán...
Rosalía besó marino
ya desposado con el mar,
y al besador, en las Guaitecas,
se lo comió la tempestad.
Soledad crió siete hermanos
y su sangre dejó en su pan,
y sus ojos quedaron negros
de no haber visto nunca el mar.
En las viñas de Montegrande,
con su puro seno candeal,
mece los hijos de otras reinas
y los suyos nunca-jamás.
Efigenia cruzó extranjero
en las rutas, y sin hablar,
le siguió, sin saberle nombre,
porque el hombre parece el mar.
Y Lucila, que hablaba a río,
a montaña y cañaveral,
en las lunas de la locura
recibió reino de verdad.
En las nubes contó diez hijos
y en los salares su reinar,
en los ríos ha visto esposos
y su manto en la tempestad.
Pero en el valle de Elqui, donde
son cien montañas o son más,
cantan las otras que vinieron
y las que vienen cantarán:
-"En la tierra seremos reinas,
y de verídico reinar,
y siendo grandes nuestros reinos,
llegaremos todas al mar."
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Y uno más, seleccionado por Pilarv:
Una despedida
Tarde que socavó nuestro adiós.
Tarde acerada y deleitosa y monstruosa como un ángel oscuro.
Tarde cuando vivieron nuestros labios en la desnuda intimidad
- ------- de los besos.
El tiempo inevitable se desbordaba
-------- sobre el abrazo inútil.
Prodigábamos pasión juntamente, no para nosotros sino para la
------- -soledad ya cercana.
Nos rechazó la luz; la noche había llegado con urgencia.
Fuimos hasta la verja en esa gravedad de la sombra que ya el
---------lucero alivia.
Como quien vuelve de un perdido prado yo volví de tu abrazo.
Como quien vuelve de un país de espadas yo volví de tus
-------- lágrimas.
Tarde que dura vívida como un sueño
-------- entre las otras tardes.
Después yo fui alcanzando y rebasando
---------Noches y singladuras.
domingo, 17 de abril de 2011
Ana María Matute, fragmentos.

Paraíso Inhabitado
Ya no sólo jugábamos con el teatro. De entre las muchas cosas envidiables que sepodían encontrar en aquel cuarto de juegos tan abigarrado, sobresalía una considerable cantidad de libros de cuentos. Algunos en francés, pero la mayoría en español. Yo tenía en casa muchos libros, pero casi todos estaban más que releídos. Últimamente, con la ausencia de papá, que era quien escribía a los Reyes Magos, o me los regalaba por Navidad o por mi santo (y a veces sin festejo alguno de por medio), ya muy raramente me llegaban. Leer fue una de las cosas que más me unió a Gavrila.
A menudo nos echábamos en el suelo, boca abajo, compartiendo un mismo libro y un mismo trocito de alfombra. Tácitamente elegíamos siempre el mismo tramo, con los mismos dibujos y colores, una mezcla de rombos y círculos azul y marrón. Con los días, llegó a ser un territorio propio, una especie de refugio-cabaña en algún bosque, donde se entraba para trasladarnos a espacios sólo visibles a través de sus palabras, de donde se salía para reincorporarse al mundo exterior. Yo veía aquel trocito de alfombra como puerta, cerradura y llave de un país sólo nuestro. Se abría al entrar, se cerraba al salir. Un secreto tan íntimo que ni siquiera se podía nombrar en silencio, con el libro abierto y compartido. Si era un libro francés y contenía frases que yo, todavía, no entendía bien, él las traducía, con su peculiar pronunciación de erres rotundas, que no eran precisamente las suaves y casi guturales erres francesas. Un día le pregunté:
-¿Por qué dices así la erre?
-Porque soy ruso.
Y al decirlo levantó la cabeza, casi desafiante. Me pareció una razón bastante buena, aunque sin comprender muy bien por qué. Todo lo que él decía, a pesar de que a primera vista me pareciese más allá de cuanto hasta entonces sucedía o había escuchado en mi entorno habitual, acababa siendo razonable y, sobre todo, verdadero. Mucho más
verdadero que las aplastantes «verdades como puños» con que solían apabullarme tanto en Saint Maur como en casa.
Las láminas de los libros de Gavi eran extraordinariamente sugerentes, y nos deteníamos largo rato en ellas, mirándolas al detalle, descubriendo cosas que a primera vista parecían invisibles o anodinas. Recuerdo una donde había una casa partida de arriba abajo, y dejaba al descubierto no sólo a sus moradores, muebles y objetos, sino también a los otros, los ocultos habitantes que yo conocía en mis travesías
nocturnas hacia el salón y a los que una vez aludió Sagrario. Creo que Gavi y yo llegamos a vivir dentro de aquella casa partida, durante días y días. Y cuando ya habíamos leído el cuento que la había inspirado, retornábamos a ella. Y antes de volver página, nos mirábamos y sonreíamos, y no necesitábamos palabras para saber lo que pensábamos o sentíamos los dos. Éramos entonces cómplices de alguna misteriosa
causa que sólo él y yo conocíamos. Parecida a la complicidad de Isabel y yo con los chupitos en la despensa. Aunque de índole muy distinta, porque lo de Isabel pertenecía al mundo de los Gigantes, y lo de Gavi y yo, no.
Gavi pasaba las páginas con una suavidad que contrastaba con la casi rudeza de sus movimientos. Pero sus libros estaban impecablemente bien tratados, tanto como los míos. No como los heredados de Cristina.
El Teatro de los Niños seguía siendo, de todos modos, nuestra vía de comunicación más íntima. Y necesaria.
Uno a cada lado del escenario nos hacíamos partícipes de cosas que acaso cara a cara no hubiéramos sido capaces de decir. En algún momento me recordó al confesionario de Saint Maur, donde era obligatorio ir a confesar faltas, pecados, o lo que fuera molesto decir, a través de una rejilla, tras la que se adivinaba el perfil, eternamente masticante, del padre Torres. Pero éste era un confesionario diferente, un
lugar donde, sin amenazas de infierno, culpas ni penitencias, se podía decir todo lo que de otra manera no hubiera sido posible.
Así, una tarde le dije:
-A veces yo no quiero a mi mamá.
Y él contestó, rápidamente:
-Yo tampoco.
Eso fue todo. Pero sentí -y tal vez él también- que acabábamos de derribar un muro más de los que hasta aquel momento se interponían entre nosotros.
Días más tarde -siempre estas cosas ocurrían con el teatro por medio, aunque para comunicarnos ya no necesitábamos mover los muñecos de cartulina-, me dijo:
-Mi mamá sabe volar.
No me pareció extraño porque su hijo volaba, yo lo había visto.
-Es muy guapa -añadió.
Yo no tenía nada que objetar. Nunca la había visto.
-Pero Él es más bueno que ella... y me quiere más que ella.
Yo había oído hablar mucho del Conde, tanto en el cuarto de la plancha como en la cocina, incluso a la lavandera Tomasa, que no vivía en la casa. Era un personaje que fomentaba muchísimos comentarios e incluso ligeras discusiones en las zonas del parquet sin encerar. Porque unos decían cosas buenas de él, y otros, no.
Intuí que cuando Gavi decía Él se refería al Conde. Así que pregunté, sólo por preguntar:
-¿El Conde?
Hubo un silencio largo, inusual entre nosotros. Y después, bruscamente, Gavi abandonó el teatro y corrió más que anduvo hacia los libros. Eligió uno, lo agitó en el aire, como si fuera un trofeo, y dijo:
-¿Quieres leer? Éste no lo conoces.
Abandoné mi puesto tras el telar número dos, y fui a tenderme a su lado, boca abajo, sobre nuestro territorio de rombos y círculos de colores. El libro se titulaba El Rey Cuervo.
Sí, lo conocía. Se trataba de un cuento que me atraía, pero a la vez me desasosegaba tanto que nunca lo había terminado de leer.
Al fin, como si no estuviera muy seguro, dijo:
-Algunos le llaman así. Pero se llama Mauricio.
Pasó la página y seguimos leyendo. Casi mágicamente ocurría que, cuando pasaba página, los dos habíamos terminado de leerla a la vez. Casi nunca se equivocó.
Aquella tarde, Teo cosía a nuestro lado, en un taburete. Tenía a su alcance un costurero muy bonito, lleno de hilos de colores, tijeritas, agujas, cintas... A veces me dejaba mirarlo y manosearlo un poco. Solía sentarse de perfil, con el oído bueno hacia nosotros. Cuando oyó lo que Gavi acababa de decirme, ahuecó la palma de la mano sobre la oreja sorda, y dijo:
-¿Has hablado de mamá?
Gavi afirmó con la cabeza, pero siguió leyendo. Y yo, también, pero atenta a cuanto Teo hacía o decía. Junto a Isabel fue mi maestro de aquellos días.
-Gavi, enséñale a Adri las fotografías de mamá, y verá cómo vuela. Y también enséñale el vestido de la reina...
Gavi hacía como que no le oía, seguía leyendo, pero yo no podía ahora seguirle. Levanté la cabeza y vi a Teo mirándonos, con la aguja en alto de la que pendía un hilo de oro. Por primera vez rompió la magia que nos unía durante la lectura. Y vi el pálido rostro de Teo, con sus orejas-alas de mariposa gigantesca y sus ojos de niño perdido en el bosque. Entre sus dedos relucía el hilo.
Bordaba algo muy diferente a las vainiquitas de las niñas del tercero, las que iban a comulgar, o quizá ya habían comulgado, quién sabe cuándo. Sentí un súbito y gran cariño por él. Un cariño que dolía porque no podía hacer nada por consolarle, y nunca había visto una mirada como la de aquellos ojos negrísimos, bordeados de pestañas espesas, donde se adivinaba un fulgor pequeño, cotidiano, de lágrimas escondidas.
-Teo, te quiero mucho.
Se levantó y se acercó, inclinándose:
-Si no fuera por vosotros... si no fuera por vosotros...
Se volvió de espaldas, vi que sus hombros se movían de arriba abajo, y pensé que estaba llorando.
-Gavi, ¿porqué Teo llora tanto?
Gavi tardó en contestar. Seguía empeñado en la lectura de El Rey Cuervo, aunque no pasaba página. Al fin dijo, muy bajito:
-Porque no le quieren...
Era la segunda vez que lo oía, y eché a correr hacia aquel hombre tan alto, que estaba de espaldas, y nadie le quería, aunque yo no sabía por qué. Di la vuelta, para verle de frente, pero se tapaba la cara con las manos.
-Teo, yo te quiero...
Teo apartó las manos, y con sorpresa vi que aunque le caían lágrimas no lloraba. Sonreía. Y al sonreír parecía casi guapo (con lo feo que era, por lo general).
-¡Que te enseñe Gavi las fotografías de la señora...! Es un ángel, un ángel. ¡Dios mío, qué malo es el mundo!
Me quedé sobrecogida por esta afirmación. ¿El mundo de los Gigantes? ¿El de la mamá de Gavi, el del Conde...? ¿En qué mundo vivíamos él, Gavi, Isabel, Tata María e incluso Paco o toda la caravana que pasaba por nuestra puerta? ¿Y los gemelos, a quienes yo quería y hasta admiraba? ¿Y papá y Eduarda?
-¿Por qué, Teo, por qué...?
Teo se volvió, de nuevo sonriente, y dijo:
-Ay, no me hagas caso. Son cosas mías... No me hagas caso, Adri. Tú también eres un ángel.
Aunque Gavi había dicho que cuando llegara la primavera me enseñaría a volar, yo me sabía muy torpe para tener alas. Además, la primavera me parecía un lugar muy lejano.
Teo se había quedado pensativo, mirando su labor. Era una tela muy grande, no las acostumbradas pequeñas piezas blancas que solía bordar, o coser, o lo que fuera, para las niñas del tercero.
Nos acercamos y nos mostró algo maravilloso, una tela brillante, ligera como un soplo -tal vez era raso, pero yo no había visto ni palpado antes nada parecido-, de un azul eléctrico donde aparecían grandes pájaros, pero no pájaros corrientes, sino aves suntuosas, de todos los colores, entre los que sobresalía aquel hilo de oro, ensartado en su aguja que yo había visto entre sus dedos. Mientras nos los enseñaba, ibaacariciándolos y decía:
-Mejor que el Arco Iris, mejor todavía...
Por supuesto lo era, y quizá nuestro silencio expresaba la admiración que sentíamos.
-¿Os acordáis de Las mil y una noches...? Pues así es esto: cuando el Emperador de la China se viste para la Fiesta del Dragón... No me acuerdo del nombre del dragón, pero da igual.
Nosotros tampoco nos acordábamos.
-Pues éste es el disfraz que luciré para el baile de Carnaval. Y ganaré el primer premio.
Ciertamente, estábamos en vísperas del Carnaval. Recordé que una vez, cuando yo era muy pequeña -quizá tenía sólo tres o cuatro años-, me disfrazaron de holandesa, y me llevaron a una fiesta de disfraces infantil, en casa de una amiga de mamá. Y me sentí muy mal, estuve llorando todo el tiempo hasta que Tata María me cogió en brazos y me llevó a casa. Había comido muchas lionesas de nata y, por el camino, vomité en su hombro.
-Estas fiestas no son para esta niña... La Cristina era otra cosa... -dijo la Tata.
Pero ahora, en cambio, Teo parecía desbordar alegría.
-¡Sedas, Arco Iris, oro...! -murmuraba, acariciando la tela y los bordados.
Su voz tenía una suavidad de terciopelo. Me acerqué más a su bordado y, por un instante, los pájaros emprendieron el vuelo, tal y como otras veces había echado a correr el Unicornio.
-¿Me dejas tocarlo?
-Claro que sí... verás qué ensueño.
Lo toqué, y verdaderamente lo que sentí fue ensueño. Cerré los ojos.
-Yo seré el Emperador de los Sueños Imposibles -recitó él, como si estuviera leyendo algo en voz alta. Un cuento, o un poema del libro Poesía para niños que tenía Gavi en la estantería más alta. Costaba llegar a ella, tenía que subirme a una silla, pero lo conseguí, y cuando lo hice, Teo me la arrebató casi bruscamente, la abrió por alguna página secreta, sólo suya, y recitó despacito, mientras su voz se transformaba.
Gavi y yo le escuchábamos en silencio. Parecía, de pronto, que una ráfaga de viento, un viento desconocido, misterioso y desasosegante cruzaba el cuarto de jugar.
Pero Teo destruyó el encanto, lanzando una carcajada chillona. Me recordó la risa de un niño muy pequeño, casi un bebé, que había oído tiempo atrás, cuando aún iba al parque con Tata María.
-¿Te vas a disfrazar...? -preguntó Gavi.
Y percibí un temblor sutil, casi inaudible, en su voz.
-Sí, claro está... Niños, el Carnaval es mi fiesta, la que más me gusta.
-¿Irás al baile?
-Sí, claro está que iré.
Teo suspiró muy fuerte, casi se veía salir el aire de sus pulmones por los agujeritos de su nariz. Y dijo:
-Iré al baile, como la Cenicienta. Pese a quien pese.
Ana María Matute, Paraíso Inhabitado, 2008. Capítulo 10, págs.. 185-193.
