domingo, 25 de marzo de 2012
Novela de niñez de Emilia Pardo Bazán: "Aficiones peligrosas"
jueves, 1 de marzo de 2012
El dúo de la tos, de Leopoldo Alas, "Clarín"
domingo, 22 de mayo de 2011
Emilia Pardo Bazán, por Sandra Pardo López
Emilia Pardo Bazán

Este documental nos relata la apasionada vida de la escritora Emilia Pardo Bazán, que dedicó sus días a la literatura y a la defensa de la mujer ante una sociedad machista.
La gallega Emilia Pardo Bazán manifiesta públicamente su desacuerdo con el trato dado a las mujeres por la sociedad y se identifica como feminista comprometida defendiendo el acceso de las mujeres a la cultura.
Hija única del matrimonio formado por el político José Pardo Bazán y Amelia de
Su padre, de fuertes principios éticos, resultó ser un gran apoyo en su formación y en la consolidación de sus ideales liberales.
En 1869, la escritora se casa con José Quiroga, un muchacho de buena familia recomendado por sus padres, y se instalan en Santiago de Compostela.
Los cambios políticos producidos por la revolución realizada para expulsar de España a la reina Isabel II incidieron en el matrimonio, ya que como José Quiroga era diputado, debieron trasladarse a Madrid junto con su familia.
Una vez allí, Pardo Bazán asiste a reuniones del Parlamento para así introducirse en el ambiente propio de sus intereses.
En las tertulias y círculos literarios puede conocer a personas que realmente admira, entre ellas, los escritores naturalistas.
En 1883 fue publicada La cuestión palpitante, una recopilación de los artículos publicados en el periódico La Época con prólogo de Leopoldo Alas Clarín, que la convierten en una persona no grata para determinados sectores de la sociedad de entonces, más que nada por su condición de mujer y su defensa de unos principios, al igual que hacía el hombre.
Debido a este tipo de presiones, su marido le pidió que dejara de escribir, cosa que llevó a la ruptura amistosa del matrimonio con tres hijos: Jaime, Carmen y Blanca.
La tribuna, publicada en 1883, es considerada como la primera novela naturalista de Emilia Pardo Bazán, siendo origen de la envidia de algunos escritores ya que representaba la realidad con una objetividad perfecta.
Ambientada en Madrid, Insolación representa un anticipo de lo que será la novela del s. XX. Tal modernidad será lo que lleve a los críticos a realizar comentarios poco favorables, como los de Clarín, que arremete sin ningún miramiento sobre esta obra.
Emilia Pardo Bazán mantuvo una discreta relación con su amante y consejero Benito Pérez Galdós durante 20 años, por eso mismo se disculpó al haberle sido infiel con José Lázaro Galdiano.
Además de las populares novelas Los pazos de Ulloa y La madre naturaleza, Emilia Pardo Bazán también se dedicó a otras modalidades literarias como el ensayo, los cuentos, los libros sobre gastronomía y publicaciones en prensa nacional y extranjera.
En 1981 publica Memorias de un solterón, la segunda parte de La tribuna, en donde manifiesta abiertamente su defensa de la emancipación femenina.
En 1908 es nombrada condesa Pontificia de Pardo Bazán por el rey Alfonso XIII.
Fue la primera mujer que ocupó el cargo de presidenta de la sección de literatura del Ateneo de Madrid.
Emilia Pardo Bazán, siguiendo uno de sus mayores sueños, solicitó entrar en
Para compensar el rechazo de
Según la escritora Marina Mayoral, Emilia Pardo Bazán escribía muy bien ya que tenía un dominio considerable del lenguaje. Las estructuras de sus novelas están bien construidas y ella, a diferencia de muchos escritores, no es provinciana. Cuando ya es escritora consagrada, incorpora el simbolismo y el modernismo a sus obras. Destaca en ella su gran capacidad para asimilar lo nuevo, de tener siempre la mente abierta.
El 4 de mayo de 1921, en el periódico ABC, aparece el que iba a ser su último artículo, que quiso dedicar a la obra de Tagore. A los ocho días, el 12 de mayo de 1921, fallece en Madrid. Se fue una de las mujeres que más influyó en la mentalidad de aquel entonces, siendo siempre ella misma y sin aceptar los límites marcados por la sociedad.
“Para el español todo puede y debe transformarse,
sólo la mujer ha de mantenerse inmutable”
Sandra Pardo López 4ºB
domingo, 13 de marzo de 2011
Fortunata y Jacinta. Episodio 1.
Emilia Pardo Bazán
http://www.rtve.es/mediateca/videos/20091124/mujeres-historia/636121.shtml
Sin embargo, convenía que no despertase la chiquilla, no fuese a alborotar la casa lloriqueando. Perucho la tomó como quien toma un muñeco de cristal, muy rompedizo y precioso: sus palmas llenas de callos y sus brazos hechos a disparar certeras pedradas y a descargar puñetazos en el testuz de los bueyes adquirieron de golpe delicadeza exquisita, y la nené, envuelta en el pañolón de calceta, no gruñó siguiera al trocar la cama por los brazos de su precoz raptor. Éste, conteniendo hasta el respirar, andando con paso furtivo, rápido y cauteloso -el andar de la gata que lleva a sus cachorros entre los dientes, colgados de la piel del pescuezo-, se dirigió a buscar la salida por el claustro, pues de cruzar la cocina era probable una sorpresa.
En el claustro se paró obra de diez segundos, para meditar. ¿Dónde escondería su tesoro? ¿En el pajar, en el herbeiro, en el hórreo, en el establo? Optó por el hórreo -el lugar menos frecuentado y más oscuro-. Bajaría la escalera, se enhebraría por el claustro, se colaría por las cuadras, salvaría la era, y después nada más sencillo que ocultarse en el escondrijo. Dicho y hecho.
Arrimada al hórreo estaba la escala. Perucho comenzó a subir, operación bastante difícil atendido el estorbo que le hacía la chiquilla. Lo estrecho y vertical de los travesaños imponía la necesidad de agarrarse con manos y pies al ir ascendiendo: Perucho no disponía de las manos; la energía de la voluntad se le comunicó al dedo gordo del pie, que semejaba casi prensil a fuerza de adaptarse y adherirse a las barras de palo, bruñidas ya con el uso. En mitad de la ascensión pensó que rodaba al pie del hórreo, y apretó contra el pecho a la niña, que, despertándose, rompió en llanto... ¡Que llorase! Allí no la oía alma viviente; por la era sólo vagaba media docena de gallinas, disputando a dos gorrinos las hojas de una col. Perucho entró triunfante por la puerta del hórreo...
Las espigas de maíz no lo llenaban hasta el techo, dejando algún espacio suficiente para que dos personas minúsculas, como Perucho y su protegida, pudiesen acomodarse y revolverse. El rapaz se sentó sin soltar a la nena, diciéndole mil chuscadas y zalamerías a fin de acallarla, abusando del diminutivo que tan cariñosa gracia adquiere en labios del aldeano.
-Reiniña, mona, ruliña, calla, calla, que te he de dar cosas bunitas, bunitas, bunitiñas... ¡Si no callas, viene un cocón y te come! ¡Velo ahí viene! ¡Calla, soliño, paloma blanca, rosita!
El más glorioso conquistador no aventajaba en orgullo y satisfacción a Perucho en tales momentos, cuando juzgaba evidente que había salvado a la nené de la degollación segura y puéstola a buen recaudo, donde nadie daría con ella. Ni un minuto recordó al duro y bronceado abuelo tendido allá junto al paredón... A menudo se ve al niño, deshecho en lágrimas al pie del cadáver de su madre, consolarse con un juguete o un cartucho de dulces; quizás vuelvan más adelante la tristeza y el recuerdo, pero la impresión capital del dolor ya se ha borrado para siempre. Así Perucho. La ventura de poseer a su nené adorada, la prez de defender su vida, le distraían de los trágicos acontecimientos recientes. No se acordaba del abuelo, no, ni del trabucazo que lo había tumbado como él tumbaba las perdices.
La nené no oyó el final del cuento... La música de las palabras, que no le despertaban idea alguna, el haber vuelto a entrar en calor, la misma satisfacción de estar con su favorito, le trajeron insensiblemente el sueño anterior, y Perucho, al armar la algazara acostumbrada cuando terminan los cuentos de cocos, la vio con los ojos cerrados... Acomodó lo mejor que pudo el lecho de espigas; llególe el mantón al rostro, como hacía Nucha, para que no se le enfriase el hociquito, y muy denodado y resuelto a hacer centinela, se arrimó a la puerta del hórreo, en una esquina, reclinándose en un montón de maíz. Pero fuese la inmovilidad, o el cansancio, o la reacción de tantas emociones consecutivas, también a él la cabeza le pesaba y se le entornaban los párpados. Se los frotó con los dedos, bostezó, luchó algunos minutos con el sueño invasor... Éste venció al cabo. Los dos ángeles refugiados en el hórreo dormían en paz.
Entre las representaciones de una especie de pesadilla angustiosa que agitaba a Perucho, veía el muchacho un animalazo de desmesurado grandor, bestión fiero que se acercaba a él rugiendo, bramando y dispuesto a zampárselo de un bocado o a deshacerlo de una uñada... Se le erizó el cabello, le temblaron las carnes, y un sudor frío le empapó la sien... ¡Qué monstruo tan espantoso! Ya se acerca..., ya cae sobre Perucho..., sus garras se hincan en las carnes del rapaz, su cuerpo descomunal le cae encima lo mismo que una roca inmensa... El chiquillo abre los ojos...
Sofocada y furiosa, vociferando, moliéndolo a su sabor a pescozones y cachetes, arrancándole el rizado pelo y pateándolo, estaba el ama, más enorme, más brutal que nunca. No hay que omitir que Perucho se condujo como un héroe. Bajando la cabeza, se atravesó en la entrada del hórreo, y por espacio de algunos minutos defendió su presa haciéndole muralla con el cuerpo... Pero el enorme volumen del ama pesó sobre él y lo redujo a la inacción, comprimiéndolo y paralizándolo. Cuando el mísero chiquillo, medio ahogado, se sintió libre de aquella estatua de plomo que a poco más le convierte en oblea, miró hacia atrás... La niña había desaparecido. Perucho no olvidará nunca el desesperado llanto que derramó por más de media hora revolcándose entre las espigas.
Se puede leer la obra en el siguiente enlace:
