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domingo, 25 de marzo de 2012

Novela de niñez de Emilia Pardo Bazán: "Aficiones peligrosas"

Emilia Pardo Bazán 

Editada al completo una novela de niñez de Emilia Pardo Bazán

'Aficiones peligrosas', escrita a los 13 años, se publicó por entregas en 1866

La novela trata el tema de los derechos de la mujer y el papel de la literatura en la moral

 
De jovencita, casi una niña, Emilia Pardo Bazán ya había comenzado escribir. Aunque ya se conocían extractos de una obra temprana, esta se puede observar a partir de hoy en su totalidad: la Fundación Lázaro Galdiano, dedicada a la preservación del patrimonio español, ha presentado esta mañana la novela Aficiones Peligrosas, que la escritora gallega (1851-1921), autora de Los Pazos de Ulloa o La madre naturaleza, redactó cuando tenía 13 años.

Del manuscrito autógrafo, que fue hallado por partes en la biblioteca de la fundación que lo ha presentado, y que ha sido reconstruido y ordenado, emana la idea del derecho a la mujer a formarse y a ser creadora, que la escritora fue capaz de desarrollar y plasmar a tan corta edad. “Es sorprendente: escribe muy bien, tiene imaginación, mantiene el hilo conductor…Y además hace reflexiones que no son propias de su edad, como esta del papel de la literata”, explica Juan Antonio Yebes, el director de la Biblioteca Lázaro Galdiano.

   

El leitmotiv de la novela, reconocida como la primera en la dedicatoria de la autora, versa sobre el papel de la lectura en la formación de las personas. “Habla de que hay que leer libros edificantes, y de cómo te puede transformar una literatura no conveniente”, añade Yebes. “En general, los temas que trata aquí los tratará en su obra posterior”, añade el director de la biblioteca. 

La novela está estructurada en diez capítulos además de un epílogo, de los que ya se habían editado los dos primeros y parte del tercero, cuarto y quinto.La obra, que fue originalmente publicada por entregas en el periódico El Progreso de Pontevedra en el año 1866, y que hoy coeditan la Fundación Lázaro Galdiano, Analecta y la Casa de Emilia Pardo Bazán, fue rescatada parcialmente en 1989 por Juan Paredes Núñez. El mecenas José Lázaro Galdiano, editor y amigo de la literata, no publicó la obra completa en su momento, pero sí conservó la obra entre su colección, gracias a lo que se ha podido reconstruir la imagen del precoz talento de Pardo Bazán.
“Lázaro era un apasionado de los autógrafos, por eso le pidió a Pardo Bazán unos manuscritos”, explica el director de la biblioteca de la fundación. Además de esta novela, entre los alrededor de “80 o 90.000 documentos” que atesora la institución, se encuentran también otros de la escritora coruñesa, como correspondencia y, sobre todo, textos poéticos, “la mayoría probablemente de antes de que cumpliera los 20 años”, junto a otros de diferentes autores sobre todo del siglo XIX, aunque también de los siglos XVIII y XVII.
Además de su valor literario, Aficiones Peligrosas aporta también un interés documental, al mostrar las correcciones y los fallos ortográficos ocurridos durante el proceso creativo. “El texto es de gran provecho para los especialistas en Emilia Pardo Bazán, pero también para los lectores”, añade Yebes.
Aficiones peligrosas, además de sumar un título a la bibliografía de la escritora gallega, sirve también de introducción a la colección Textos inéditos y olvidados, un compendio de los textos más desconocidos que alberga la Biblioteca de la Fundación Lázaro Galdiano, y que incluyen obras de creación, ensayos o estudios de carácter histórico.

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Emilita Pardo Bazán, escritora novel

La Fundación Lázaro Galdiano recupera en una edición la primera novela de la autora gallega, Aficiones peligrosas, que escribió a los 13 años

MARTA CABALLERO | Publicado el 22/03/2012





Doña Emilia Pardo Bazán tuvo una vez 13 años. En 1865 era una preadolescente con las inquietudes propias de su edad, embriagada de romanticismo y hormonas, como todos, pero con una exquisita formación cultural, la propia de una niña bien de una ciudad periférica aunque de vitalidad intelectual como lo era La Coruña a mediados del siglo XIX. Por eso a tan temprana edad, a una edad hoy impensable, rechazadas las lecciones de piano y cocina y centrada en la lectura, publicó su primera novela y su primera declaración de intenciones, Aficiones peligrosas. Es este un texto en el que hay tópicos ("cabellos negro azabache", "mujer de recto perfil griego") y una escritura inocente que se deja caer por las pasiones amorosas, pero en el que también se adivina una personalidad en constante cuestionamiento y una mirada inteligente proyectada sobre el mundo que rodea a una púber que conoce las ventajas de la lectura, pero también los riesgos.

Y dice la ya moralizante Emilia: "Algunas veces he reflexionado que la educación, que es una lima, puede ser muchas veces un aguijón que excite los instintos malos que en más o menos cantidad residen como un sedimento venenoso en el fondo del corazón del hombre".

Estas palabras suyas se publicaron en el periódico El progreso de Pontevedra -del que no se conserva ninguna colección completa- para, posteriormente, ser custodiadas con celo por la autora, que no quiso que volvieran a ver la luz. Así fue hasta 1898, momento en el que se las entregó -resignada y "por santa obediencia"- a un insistente José Lázaro Galdiano, que siempre mostró predilección por los autógrafos de personajes ilustres y con el que la gallega había tenido una relación convertida ya entonces en una fértil amistad a través de colaboraciones. Reorganizadas y sometidas a estudio, las 76 páginas de este librito se publican ahora por primera vez gracias a la edición que ha preparado la Fundación Lázaro Galdiano junto a la editorial Analecta y la Casa-Museo Emilia Pardo Bazán.

Al margen de la importancia que tiene para el estudio de la obra completa de un autor, la novela se presenta como un relato interesante y accesible para todo tipo de público, por la ya ostensible capacidad de Pardo Bazán para crear personajes y ambientes y por su forma de convertir las dudas que asaltan a una joven de su edad en materia novelesca. Pero, al margen de estos asuntos y de otros como la casi entrañable idealización de las pasiones elementales, contiene la obra una interesante reflexión sobre la importancia de la literatura, según apunta Jesús Rubio, catedrático de la Universidad de Zaragoza, quien ha participado hoy en la presentación del relato.




El manuscrito, hoy exhibido en la Fundación por el director de su Biblioteca, Juan Antonio Yeves, forma parte de un conjunto de documentos de Pardo Bazán que se conservan en esta institución. A pesar de figurar en el catálogo del archivo y de haber dado noticia de él en El álbum de los amigos: templo de trofeos y repertorio de vanidad, un libro editado en 2010, la novela no había llamado la atención de estudiosos e investigadores hasta la presente edición, que cuenta con un estudio preliminar de Araceli Herrero Figueroa, quien señala que el volumen anticipa "temas, subtemas y motivos que veremos desarrollarse con más cuidado y resalte en la narrativa posterior".

Asimismo, la estudiosa confirma que Aficiones peligrosas "debe incardinarse en el momento de creación, remitirse incluso a aquellos años centrales del siglo XIX y ubicando a su autora junto a creadoras como Carolina Coronado, Gertrudis Gómez de Avellaneda y especialmente Fernán Caballero. En suma, habría que trazar un panorama en la historia de la lectora femenina o 'literata' del periodo isabelino y situar en él a la joven Emilia Pardo Bazán, con este texto primerizo, al lado de aquellas mujeres que, con gran esfuerzo, contribuyeron decisivamente a la visibilidad social de la mujer de letras".

Otro aspecto que aparece en Aficiones peligrosas es "la reivindicación de la "literata", la denuncia de su discriminación y "ninguneo" en el que la autora insistirá a lo largo de su vida, ya como profesional de las letras, como periodista o como escritora de ficción". Concluye afirmando Herrero que "pese al carácter de texto primerizo que la novela presenta, como escrito por una muy precoz joven adolescente, debemos recalcar el interés de esta edición completa de Aficiones peligrosasun texto representativo de una época en la cual se va a operar el proceso de feminización de la lectura literaria y la profesionalización de la mujer de letras, de la que será magnífica representante doña Emilia, mujer escritora y sin duda uno de los más destacados valores de la narrativa hispánica". 

Breve pasaje del libro

Capítulo séptimo
En donde se da cuenta de lo bien que les viene a dos amantes el que un gato bien educado respete un salmonete al alcance de su pata.

Seguramente, querido lector, que más de una vez, al leer las serias reflexiones y las morales ideas que encierra mi novela, habrás formado en tu mente mi retrato, como una vieja amarilla, arrugada y seria con un par de gafas verdes sobre sus puntiagudas narices y enterrada entre una profusión de antiguos manuscritos. Pues a pesar del cariño que experimento hacia ti, me veo en la precisión de decirte que te has equivocado. Yo voy a cumplir quince años, y aún no toca mi traje al suelo, ni he puesto mantilla (excepto para confesarme). Dicho esto, supondrás que no soy amarilla ni arrugada, y que detesto las gafas verdes; y en cuanto a los antiguos manuscritos, tan lejos de agradarme su polvo, busco siempre para escribir un lugar desde donde se vea el cielo, el campo y las flores y con frecuencia, después de haber tratado una gran cuestión moral, juego alegremente al escondite con mis amigas, o canto: Yo soy la viudita, etc.

Todo esto te lo cuento (aunque nada te importa) para que dispenses, en gracia a mis pocos años, las numerosas faltas que debo cometer al describir un mundo que no he visto, y pasiones que nunca he experimentado, y no hagas como otros, que en vez de animar mi temprana inspiración, tratan de cortarme las alas con las tijeras de unos anónimos escritos en mal verso y peor ortografía, como verbigracia, ahí va una muestrita:

Degalas Musas
Paralos sabios locos y Henamorados
Y tu querida
Nocomponjas gamas sino gisados

Al menos tú, lector, si me quisieses dirigir una advertencia amistosa, lo harías con buena ortografía, y en un lenguaje más discreto que este aborto de las musas. Yo al menos así lo creo.

Hecha esta advertencia, dejaré a los jóvenes esposos gozar tranquilamente de su luna de miel, que tiempo tengo de volverlos a hallar, y te llevaré al lado de Rogerio, que es el que por ahora interesa a nuestra fábula.

jueves, 1 de marzo de 2012

El dúo de la tos, de Leopoldo Alas, "Clarín"



El gran hotel del Águila tiende su enorme sombra sobre las aguas dormidas de la dársena. Es un inmenso caserón cuadrado, sin gracia, de cinco pisos, falansterio del azar, hospicio de viajeros, cooperación anónima de la indiferencia, negocio por acciones, dirección por contrata que cambia a menudo, veinte criados que cada ocho días ya no son los mismos, docenas y docenas de huéspedes que no se conocen, que se miran sin verse, que siempre son otros y que cada cual toma por los de la víspera.

«Se está aquí más solo que en la calle, tan solo como en el desierto», piensa un bulto, un hombre envuelto en un amplio abrigo de verano, que chupa un cigarro apoyándose con ambos codos en el hierro frío de un balcón, en el tercer piso. En la obscuridad de la noche nublada, el fuego del tabaco brilla en aquella altura como un gusano de luz. A veces aquella chispa triste se mueve, se amortigua, desaparece, vuelve a brillar.

«Algún viajero que fuma», piensa otro bulto, dos balcones más a la derecha, en el mismo piso. Y un pecho débil, de mujer, respira como suspirando, con un vago consuelo por el indeciso placer de aquella inesperada compañía en la soledad y la tristeza.

«Si me sintiera muy mal, de repente; si diera una voz para no morirme sola, ese que fuma ahí me oiría» sigue pensando la mujer, que aprieta contra un busto delicado, quebradizo, un chal de invierno, tupido, bien oliente.

«Hay un balcón por medio; luego es en el cuarto número 36. A la puerta, en el pasillo, esta madrugada, cuando tuve que levantarme a llamar a la camarera, que no oía el timbre, estaban unas botas de hombre elegante».

De repente desapareció una claridad lejana, produciendo el efecto de un relámpago que se nota después que pasó.

«Se ha apagado el foco del Puntal» piensa con cierta pena el bulto del 36, que se siente así más solo en la noche. «Uno menos para velar; uno que se duerme».

Los vapores de la dársena, las panzudas gabarras sujetas al muelle, al pie del hotel, parecen ahora sombras en la sombra. En la obscuridad el agua toma la palabra y brilla un poco, cual una  aprensión óptica, como un dejo de la luz desaparecida, en la retina, fosforescencia que padece ilusión de los nervios. En aquellas tinieblas, más dolorosas por no ser completas, parece que la idea de luz, la imaginación recomponiendo las vagas formas, necesitan ayudar para que se vislumbre lo poco y muy confuso que se ve allá abajo. Las gabarras se mueven poco más que el minutero de un gran reloj; pero de tarde en tarde chocan, con tenue, triste, monótono rumor, acompañado del ruido de la marea que a lo lejos suena, como para imponer silencio, con voz de lechuza.

El pueblo, de comerciantes y bañistas, duerme; la casa duerme.

El bulto del 36 siente una angustia en la soledad del silencio y las sombras.

De pronto, como si fuera un formidable estallido, le hace temblar una tos seca, repetida tres veces como canto dulce de codorniz madrugadora, que suena a la derecha, dos balcones más allá. Mira el del 36, y percibe un bulto más negro que la obscuridad ambiente, del matiz de las gabarras de abajo. «Tos de enfermo, tos de mujer». Y el del 36 se estremece, se acuerda de sí mismo; había olvidado que estaba haciendo una gran calaverada, una locura. ¡Aquel cigarro! Aquella triste contemplación de la noche al aire libre. ¡Fúnebre orgía! Estaba prohibido el cigarro, estaba prohibido abrir el balcón a tal hora, a pesar de que corría agosto y no corría ni un soplo de brisa. «¡Adentro, adentro! ¡A la sepultura, a la cárcel horrible, al 36, a la cama, al nicho!».

Y el 36, sin pensar más en el 32, desapareció, cerró el balcón con triste rechino metálico, que hizo en el bulto de la derecha un efecto de melancolía, análogo al que produjera antes en el bulto que fumaba la desaparición del foco eléctrico del Puntal.

«Sola del todo», pensó la mujer, que, aún tosiendo, seguía allí, mientras hubiera aquella compañía... compañía semejante a la que se hacen dos estrellas que nosotros vemos, desde aquí, juntas, gemelas, y que allá en lo infinito, ni se ven ni se entienden.

Después de algunos minutos, perdida la esperanza de que el 36 volviera al balcón, la mujer que tosía se retiró también; como un muerto que, en forma de fuego fatuo respira la fragancia de la noche y se vuelve a la tierra.

* * *

Pasaron una, dos horas. De tarde en tarde hacia dentro, en las escaleras, en los pasillos, resonaban los pasos de un huésped trasnochador; por las rendijas de la puerta entraban en las lujosas celdas, horribles con su lujo uniforme y vulgar, rayos de luz que giraban y desaparecían.

Dos o tres relojes de la ciudad cantaron la hora; solemnes campanadas precedidas de la tropa ligera de los cuartos, menos lúgubres y significativos. También en la fonda hubo reloj que repitió el alerta.

Paso media hora más. También lo dijeron los relojes.

«Enterado, enterado», pensó el 36, ya entre sábanas; y se figuraba que la hora, sonando con aquella solemnidad, era como la firma de los pagarés que iba presentando a la vida su acreedor, la muerte. Ya no entraban huéspedes. A poco, todo debía de dormir. Ya no había testigos; ya podía salir la fiera; ya estaría a solas con su presa.

En efecto; en el 36 empezó a resonar, como bajo la bóveda de una cripta, una tos rápida, enérgica, que llevaba en sí misma el quejido ronco de la protesta.

«Era el reloj de la muerte», pensaba la víctima, el número 36, un hombre de treinta años, familiarizado con la desesperación, solo en el mundo, sin más compañía que los recuerdos del hogar paterno, perdidos allá en lontananzas de desgracias y errores, y una sentencia de muerte pegada al pecho, como una factura de viaje a un bulto en un ferrocarril.

Iba por el mundo, de pueblo en pueblo, como bulto perdido, buscando aire sano para un pecho enfermo; de posada en posada, peregrino del sepulcro, cada albergue que el azar le ofrecía le presentaba aspecto de hospital. Su vida era tristísima y nadie le tenía lástima. Ni en los folletines de los periódicos encontraba compasión. Ya había pasado el romanticismo que había tenido alguna consideración con los tísicos. El mundo ya no se pagaba de sensiblerías, o iban estas por otra parte. Contra quien sentía envidia y cierto rencor sordo el número 36 era contra el proletariado, que se llevaba toda la lástima del público. -El pobre jornalero, ¡el pobre jornalero!- repetía, y nadie se acuerda del pobre tísico, del pobre condenado a muerte de que no han de hablar los periódicos. La muerte del prójimo, en no siendo digna de la Agencia Fabra, ¡qué poco le importa al mundo!

Y tosía, tosía, en el silencio lúgubre de la fonda dormida, indiferente como el desierto. De pronto creyó oír como un eco lejano y tenue de su tos... Un eco... en tono menor. Era la del 32. En el 34 no había huésped aquella noche. Era un nicho vacío.

La del 32 tosía, en efecto; pero su tos era... ¿cómo se diría? más poética, más dulce, más resignada. La tos del 36 protestaba; a veces rugía. La del 32 casi parecía un estribillo de una oración, un miserere; era una queja tímida, discreta, una tos que no quería despertar a nadie. El 36, en rigor, todavía no había aprendido a toser, como la mayor parte de los hombres sufren y mueren sin aprender a sufrir y a morir. El 32 tosía con arte; con ese arte del dolor antiguo, sufrido, sabio, que suele refugiarse en la mujer.

Llegó a notar el 36 que la tos del 32 le acompañaba como una hermana que vela; parecía toser para acompañarle.

Poco a poco, entre dormido y despierto, con un sueño un poco teñido de fiebre, el 36 fue transformando la tos del 32 en voz, en música, y le parecía entender lo que decía, como se entiende vagamente lo que la música dice.

La mujer del 32 tenía veinticinco años, era extranjera; había venido a España por hambre, en calidad de institutriz en una casa de la nobleza. La enfermedad la había hecho salir de aquel asilo; le habían dado bastante dinero para poder andar algún tiempo sola por el mundo, de fonda en fonda; pero la habían alejado de sus disciplinas. Naturalmente. Se temía el contagio. No se quejaba. Pensó primero en volver a su patria. ¿Para qué? No la esperaba nadie; además, el clima de España era más benigno. Benigno, sin querer. A ella le parecía esto muy frío, el cielo azul muy triste, un desierto. Había subido hacia el Norte, que se parecía un poco más a su patria. No hacía más que eso, cambiar de pueblo y toser. Esperaba locamente encontrar alguna ciudad o aldea en que la gente amase a los desconocidos enfermos.

La tos del 36 le dio lástima y le inspiró simpatía. Conoció pronto que era trágica también. «Estamos cantando un dúo», pensó; y hasta sintió cierta alarma del pudor, como si aquello fuera indiscreto, una cita en la noche. Tosió porque no pudo menos; pero bien se esforzó por contener el primer golpe de tos.

La del 32 también se quedó medio dormida, y con algo de fiebre; casi deliraba también; también trasportó la tos del 36 al país de los ensueños, en que todos los ruidos tienen palabras. Su propia tos se le antojó menos dolorosa apoyándose en aquella varonil que la protegía contra las tinieblas, la soledad y el silencio. «Así se acompañarán las almas del purgatorio». Por una asociación de ideas, natural en una institutriz, del purgatorio pasó al infierno, al del Dante, y vio a Paolo y Francesca abrazados en el aire, arrastrados por la bufera infernal.

La idea de la pareja, del amor, del dúo, surgió antes en el número 32 que en el 36.

La fiebre sugería en la institutriz cierto misticismo erótico, ¡erótico! no es esta la palabra. ¡Eros! el amor sano, pagano ¿qué tiene aquí que ver? Pero en fin, ello era amor, amor de matrimonio antiguo, pacífico, compañía en el dolor, en la soledad del mundo. De modo que lo que en efecto le quería decir la tos del 32 al 36 no estaba muy lejos de ser lo mismo que el 36, delirando, venía como a adivinar:
«¿Eres joven? Yo también. ¿Estás solo en el mundo? Yo también. ¿Te horroriza la muerte en la soledad? También a mí. ¡Si nos conociéramos! ¡Si nos amáramos! Yo podría ser tu amparo, tu consuelo. ¿No conoces en mi modo de toser que soy buena, delicada, discreta, casera, que haría de la vida precaria un nido de pluma blanda y suave, para acercarnos juntos a la muerte, pensando en otra cosa, en el cariño? ¡Qué solo estás! ¡Qué sola estoy! ¡Cómo te cuidaría yo! ¡Cómo tú me protegerías! Somos dos piedras que caen al abismo, que chocan una vez al bajar y nada se dicen, ni se ven, ni se compadecen... ¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué no hemos de levantarnos ahora, unir nuestro dolor, llorar juntos? Tal vez de la unión de dos llantos naciera una sonrisa. Mi alma lo pide; la tuya también. Y con todo, ya verás cómo ni te mueves ni me muevo».

Y la enferma del 32 oía en la tos del 36 algo muy semejante a lo que el 36 deseaba y pensaba:

«Sí, allá voy; a mí me toca; es natural. Soy un enfermo, pero soy un galán, un caballero; sé mi deber; allá voy. Verás que delicioso es, entre lágrimas, con perspectiva de muerte, ese amor que tú sólo conoces por los libros y conjeturas. Allá voy, allá voy... si me deja la tos... ¡esta tos!... ¡Ayúdame, ampárame, consuélame! Tu mano sobre mi pecho, tu voz en mi oído, tu mirada en mis ojos...».
Amaneció. En estos tiempos, ni siquiera los tísicos son consecuentes románticos. El número 36 despertó, olvidado del sueño, del dúo de la tos.

El número 32 acaso no lo olvidara; pero ¿qué iba a hacer? Era sentimental la pobre enferma, pero no era loca, no era necia. No pensó ni un momento en buscar realidad que correspondiera a la ilusión de una noche, al vago consuelo de aquella compañía de la tos nocturna. Ella, eso sí, se había ofrecido de buena fe; y aún despierta, a la luz del día, ratificaba su intención; hubiera consagrado el resto, miserable resto de su vida, a cuidar aquella tos de hombre... ¿Quién sería? ¿Cómo sería? ¡Bah! Como tantos otros príncipes rusos del país de los ensueños. Procurar verle... ¿para qué?

Volvió la noche. La del 32 no oyó toser. Por varias tristes señales pudo convencerse de que en el 36 ya no dormía nadie. Estaba vacío como el 34.

En efecto; el enfermo del 36, sin recordar que el cambiar de postura sólo es cambiar de dolor, había huido de aquella fonda, en la cual había padecido tanto... como en las demás. A los pocos días dejaba también el pueblo. No paró hasta Panticosa, donde tuvo la última posada. No se sabe que jamás hubiera vuelto a acordarse de la tos del dúo.

La mujer vivió más: dos o tres años. Murió en un hospital, que prefirió a la fonda; murió entre Hermanas de la Caridad, que algo la consolaron en la hora terrible. La buena psicología nos hace conjeturar que alguna noche, en sus tristes insomnios, echó de menos el dúo de la tos; pero no sería en los últimos momentos, que son tan solemnes. O acaso sí.

Leopoldo Alas, Clarín, Cuentos morales, en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

domingo, 22 de mayo de 2011

Emilia Pardo Bazán, por Sandra Pardo López

Emilia Pardo Bazán




Este documental nos relata la apasionada vida de la escritora Emilia Pardo Bazán, que dedicó sus días a la literatura y a la defensa de la mujer ante una sociedad machista.

La gallega Emilia Pardo Bazán manifiesta públicamente su desacuerdo con el trato dado a las mujeres por la sociedad y se identifica como feminista comprometida defendiendo el acceso de las mujeres a la cultura.

Hija única del matrimonio formado por el político José Pardo Bazán y Amelia de la Rúa nacida el 16 de septiembre de 1851, Emilia descubrió su afición a la lectura gracias a la biblioteca familiar.

Su padre, de fuertes principios éticos, resultó ser un gran apoyo en su formación y en la consolidación de sus ideales liberales.

En 1869, la escritora se casa con José Quiroga, un muchacho de buena familia recomendado por sus padres, y se instalan en Santiago de Compostela.

Los cambios políticos producidos por la revolución realizada para expulsar de España a la reina Isabel II incidieron en el matrimonio, ya que como José Quiroga era diputado, debieron trasladarse a Madrid junto con su familia.

Una vez allí, Pardo Bazán asiste a reuniones del Parlamento para así introducirse en el ambiente propio de sus intereses.

En las tertulias y círculos literarios puede conocer a personas que realmente admira, entre ellas, los escritores naturalistas.

En 1883 fue publicada La cuestión palpitante, una recopilación de los artículos publicados en el periódico La Época con prólogo de Leopoldo Alas Clarín, que la convierten en una persona no grata para determinados sectores de la sociedad de entonces, más que nada por su condición de mujer y su defensa de unos principios, al igual que hacía el hombre.

Debido a este tipo de presiones, su marido le pidió que dejara de escribir, cosa que llevó a la ruptura amistosa del matrimonio con tres hijos: Jaime, Carmen y Blanca.

La tribuna, publicada en 1883, es considerada como la primera novela naturalista de Emilia Pardo Bazán, siendo origen de la envidia de algunos escritores ya que representaba la realidad con una objetividad perfecta.

Ambientada en Madrid, Insolación representa un anticipo de lo que será la novela del s. XX. Tal modernidad será lo que lleve a los críticos a realizar comentarios poco favorables, como los de Clarín, que arremete sin ningún miramiento sobre esta obra.

Emilia Pardo Bazán mantuvo una discreta relación con su amante y consejero Benito Pérez Galdós durante 20 años, por eso mismo se disculpó al haberle sido infiel con José Lázaro Galdiano.

Además de las populares novelas Los pazos de Ulloa y La madre naturaleza, Emilia Pardo Bazán también se dedicó a otras modalidades literarias como el ensayo, los cuentos, los libros sobre gastronomía y publicaciones en prensa nacional y extranjera.

En 1981 publica Memorias de un solterón, la segunda parte de La tribuna, en donde manifiesta abiertamente su defensa de la emancipación femenina.

En 1908 es nombrada condesa Pontificia de Pardo Bazán por el rey Alfonso XIII.

Fue la primera mujer que ocupó el cargo de presidenta de la sección de literatura del Ateneo de Madrid.

Emilia Pardo Bazán, siguiendo uno de sus mayores sueños, solicitó entrar en la R.A.E. durante el año 1912, pero un informe elaborado en 1853 en el que se prohibía la entrada de mujeres a la institución se lo impidió. No sería hasta 1979 cuando por vez primera una primera, Carmen Conde, fuese elegida como miembro de número.

Para compensar el rechazo de la R.A.E. se la nombró catedrática de lenguas neolatinas en la Universidad de Madrid. Será, en 1916, la primera mujer que ocupe una cátedra sin oposición.

Según la escritora Marina Mayoral, Emilia Pardo Bazán escribía muy bien ya que tenía un dominio considerable del lenguaje. Las estructuras de sus novelas están bien construidas y ella, a diferencia de muchos escritores, no es provinciana. Cuando ya es escritora consagrada, incorpora el simbolismo y el modernismo a sus obras. Destaca en ella su gran capacidad para asimilar lo nuevo, de tener siempre la mente abierta.

El 4 de mayo de 1921, en el periódico ABC, aparece el que iba a ser su último artículo, que quiso dedicar a la obra de Tagore. A los ocho días, el 12 de mayo de 1921, fallece en Madrid. Se fue una de las mujeres que más influyó en la mentalidad de aquel entonces, siendo siempre ella misma y sin aceptar los límites marcados por la sociedad.

“Para el español todo puede y debe transformarse,

sólo la mujer ha de mantenerse inmutable”

Sandra Pardo López 4ºB

domingo, 13 de marzo de 2011

Fortunata y Jacinta. Episodio 1.

http://www.rtve.es/television/fortunata-jacinta/



Para saber más, pincha aquí:



Emilia Pardo Bazán



No os perdáis este interesantísimo documental sobre la vida de Emilia Pardo Bazán emitida por RTVE en la serie Mujeres en la historia.

http://www.rtve.es/mediateca/videos/20091124/mujeres-historia/636121.shtml



Podéis ver la adaptación televisiva de Los pazos de Ulloa producida por RTVE:


A través de estos episodios percibiremos el ambiente opresivo y sórdido que la autora describe en su obra siguiendo las directrices del Naturalismo.

En el capítulo XXVIII de la novela Los pazos de Ulloa se encuentra la escena en la que Perucho rapta a su hermanastra, hija legítima de su padre, creyendo que la protege del maltrato paterno. En la serie televisiva aparece al final del tercer episodio. Vosotros mismos podéis comparar ambas escenas.

Versión televisiva:

Texto original:
El niño recordó entonces escenas análogas, pero cuyo teatro era la cocina de los Pazos, y las víctimas su madre y él: el señorito tenía entonces la misma cara, idéntico tono de voz. Y en medio de la confusión de su tierno cerebro, de los terrores que se reunían para apocarlo, una idea, superior a todas, se levantó triunfante. No cabía duda que el señorito se disponía a acogotar a su esposa y al capellán; también acababan de matar a su abuelo en el monte; aquel día, según indicios, debía ser el de la general matanza. ¿Quién sabe si, luego que acabase con su mujer y con don Julián, se le ocurriría al señorito quitar la vida a la nené? Semejante pensamiento devolvió a Perucho toda la actividad y energía que acostumbraba desplegar para el logro de sus azarosas empresas en corrales, gallineros y establos. [...]

Sin embargo, convenía que no despertase la chiquilla, no fuese a alborotar la casa lloriqueando. Perucho la tomó como quien toma un muñeco de cristal, muy rompedizo y precioso: sus palmas llenas de callos y sus brazos hechos a disparar certeras pedradas y a descargar puñetazos en el testuz de los bueyes adquirieron de golpe delicadeza exquisita, y la nené, envuelta en el pañolón de calceta, no gruñó siguiera al trocar la cama por los brazos de su precoz raptor. Éste, conteniendo hasta el respirar, andando con paso furtivo, rápido y cauteloso -el andar de la gata que lleva a sus cachorros entre los dientes, colgados de la piel del pescuezo-, se dirigió a buscar la salida por el claustro, pues de cruzar la cocina era probable una sorpresa.

En el claustro se paró obra de diez segundos, para meditar. ¿Dónde escondería su tesoro? ¿En el pajar, en el herbeiro, en el hórreo, en el establo? Optó por el hórreo -el lugar menos frecuentado y más oscuro-. Bajaría la escalera, se enhebraría por el claustro, se colaría por las cuadras, salvaría la era, y después nada más sencillo que ocultarse en el escondrijo. Dicho y hecho.

Arrimada al hórreo estaba la escala. Perucho comenzó a subir, operación bastante difícil atendido el estorbo que le hacía la chiquilla. Lo estrecho y vertical de los travesaños imponía la necesidad de agarrarse con manos y pies al ir ascendiendo: Perucho no disponía de las manos; la energía de la voluntad se le comunicó al dedo gordo del pie, que semejaba casi prensil a fuerza de adaptarse y adherirse a las barras de palo, bruñidas ya con el uso. En mitad de la ascensión pensó que rodaba al pie del hórreo, y apretó contra el pecho a la niña, que, despertándose, rompió en llanto... ¡Que llorase! Allí no la oía alma viviente; por la era sólo vagaba media docena de gallinas, disputando a dos gorrinos las hojas de una col. Perucho entró triunfante por la puerta del hórreo...

Las espigas de maíz no lo llenaban hasta el techo, dejando algún espacio suficiente para que dos personas minúsculas, como Perucho y su protegida, pudiesen acomodarse y revolverse. El rapaz se sentó sin soltar a la nena, diciéndole mil chuscadas y zalamerías a fin de acallarla, abusando del diminutivo que tan cariñosa gracia adquiere en labios del aldeano.

-Reiniña, mona, ruliña, calla, calla, que te he de dar cosas bunitas, bunitas, bunitiñas... ¡Si no callas, viene un cocón y te come! ¡Velo ahí viene! ¡Calla, soliño, paloma blanca, rosita!

[...]

El más glorioso conquistador no aventajaba en orgullo y satisfacción a Perucho en tales momentos, cuando juzgaba evidente que había salvado a la nené de la degollación segura y puéstola a buen recaudo, donde nadie daría con ella. Ni un minuto recordó al duro y bronceado abuelo tendido allá junto al paredón... A menudo se ve al niño, deshecho en lágrimas al pie del cadáver de su madre, consolarse con un juguete o un cartucho de dulces; quizás vuelvan más adelante la tristeza y el recuerdo, pero la impresión capital del dolor ya se ha borrado para siempre. Así Perucho. La ventura de poseer a su nené adorada, la prez de defender su vida, le distraían de los trágicos acontecimientos recientes. No se acordaba del abuelo, no, ni del trabucazo que lo había tumbado como él tumbaba las perdices.

[...]

La nené no oyó el final del cuento... La música de las palabras, que no le despertaban idea alguna, el haber vuelto a entrar en calor, la misma satisfacción de estar con su favorito, le trajeron insensiblemente el sueño anterior, y Perucho, al armar la algazara acostumbrada cuando terminan los cuentos de cocos, la vio con los ojos cerrados... Acomodó lo mejor que pudo el lecho de espigas; llególe el mantón al rostro, como hacía Nucha, para que no se le enfriase el hociquito, y muy denodado y resuelto a hacer centinela, se arrimó a la puerta del hórreo, en una esquina, reclinándose en un montón de maíz. Pero fuese la inmovilidad, o el cansancio, o la reacción de tantas emociones consecutivas, también a él la cabeza le pesaba y se le entornaban los párpados. Se los frotó con los dedos, bostezó, luchó algunos minutos con el sueño invasor... Éste venció al cabo. Los dos ángeles refugiados en el hórreo dormían en paz.

Entre las representaciones de una especie de pesadilla angustiosa que agitaba a Perucho, veía el muchacho un animalazo de desmesurado grandor, bestión fiero que se acercaba a él rugiendo, bramando y dispuesto a zampárselo de un bocado o a deshacerlo de una uñada... Se le erizó el cabello, le temblaron las carnes, y un sudor frío le empapó la sien... ¡Qué monstruo tan espantoso! Ya se acerca..., ya cae sobre Perucho..., sus garras se hincan en las carnes del rapaz, su cuerpo descomunal le cae encima lo mismo que una roca inmensa... El chiquillo abre los ojos...

Sofocada y furiosa, vociferando, moliéndolo a su sabor a pescozones y cachetes, arrancándole el rizado pelo y pateándolo, estaba el ama, más enorme, más brutal que nunca. No hay que omitir que Perucho se condujo como un héroe. Bajando la cabeza, se atravesó en la entrada del hórreo, y por espacio de algunos minutos defendió su presa haciéndole muralla con el cuerpo... Pero el enorme volumen del ama pesó sobre él y lo redujo a la inacción, comprimiéndolo y paralizándolo. Cuando el mísero chiquillo, medio ahogado, se sintió libre de aquella estatua de plomo que a poco más le convierte en oblea, miró hacia atrás... La niña había desaparecido. Perucho no olvidará nunca el desesperado llanto que derramó por más de media hora revolcándose entre las espigas.

Se puede leer la obra en el siguiente enlace:

http://es.wikisource.org/wiki/Los_Pazos_de_Ulloa