Arlet entrevistada en Onda Cero Radio


http://www.rtve.es/mediateca/videos/20091124/mujeres-historia/636121.shtml
Sin embargo, convenía que no despertase la chiquilla, no fuese a alborotar la casa lloriqueando. Perucho la tomó como quien toma un muñeco de cristal, muy rompedizo y precioso: sus palmas llenas de callos y sus brazos hechos a disparar certeras pedradas y a descargar puñetazos en el testuz de los bueyes adquirieron de golpe delicadeza exquisita, y la nené, envuelta en el pañolón de calceta, no gruñó siguiera al trocar la cama por los brazos de su precoz raptor. Éste, conteniendo hasta el respirar, andando con paso furtivo, rápido y cauteloso -el andar de la gata que lleva a sus cachorros entre los dientes, colgados de la piel del pescuezo-, se dirigió a buscar la salida por el claustro, pues de cruzar la cocina era probable una sorpresa.
En el claustro se paró obra de diez segundos, para meditar. ¿Dónde escondería su tesoro? ¿En el pajar, en el herbeiro, en el hórreo, en el establo? Optó por el hórreo -el lugar menos frecuentado y más oscuro-. Bajaría la escalera, se enhebraría por el claustro, se colaría por las cuadras, salvaría la era, y después nada más sencillo que ocultarse en el escondrijo. Dicho y hecho.
Arrimada al hórreo estaba la escala. Perucho comenzó a subir, operación bastante difícil atendido el estorbo que le hacía la chiquilla. Lo estrecho y vertical de los travesaños imponía la necesidad de agarrarse con manos y pies al ir ascendiendo: Perucho no disponía de las manos; la energía de la voluntad se le comunicó al dedo gordo del pie, que semejaba casi prensil a fuerza de adaptarse y adherirse a las barras de palo, bruñidas ya con el uso. En mitad de la ascensión pensó que rodaba al pie del hórreo, y apretó contra el pecho a la niña, que, despertándose, rompió en llanto... ¡Que llorase! Allí no la oía alma viviente; por la era sólo vagaba media docena de gallinas, disputando a dos gorrinos las hojas de una col. Perucho entró triunfante por la puerta del hórreo...
Las espigas de maíz no lo llenaban hasta el techo, dejando algún espacio suficiente para que dos personas minúsculas, como Perucho y su protegida, pudiesen acomodarse y revolverse. El rapaz se sentó sin soltar a la nena, diciéndole mil chuscadas y zalamerías a fin de acallarla, abusando del diminutivo que tan cariñosa gracia adquiere en labios del aldeano.
-Reiniña, mona, ruliña, calla, calla, que te he de dar cosas bunitas, bunitas, bunitiñas... ¡Si no callas, viene un cocón y te come! ¡Velo ahí viene! ¡Calla, soliño, paloma blanca, rosita!
El más glorioso conquistador no aventajaba en orgullo y satisfacción a Perucho en tales momentos, cuando juzgaba evidente que había salvado a la nené de la degollación segura y puéstola a buen recaudo, donde nadie daría con ella. Ni un minuto recordó al duro y bronceado abuelo tendido allá junto al paredón... A menudo se ve al niño, deshecho en lágrimas al pie del cadáver de su madre, consolarse con un juguete o un cartucho de dulces; quizás vuelvan más adelante la tristeza y el recuerdo, pero la impresión capital del dolor ya se ha borrado para siempre. Así Perucho. La ventura de poseer a su nené adorada, la prez de defender su vida, le distraían de los trágicos acontecimientos recientes. No se acordaba del abuelo, no, ni del trabucazo que lo había tumbado como él tumbaba las perdices.
La nené no oyó el final del cuento... La música de las palabras, que no le despertaban idea alguna, el haber vuelto a entrar en calor, la misma satisfacción de estar con su favorito, le trajeron insensiblemente el sueño anterior, y Perucho, al armar la algazara acostumbrada cuando terminan los cuentos de cocos, la vio con los ojos cerrados... Acomodó lo mejor que pudo el lecho de espigas; llególe el mantón al rostro, como hacía Nucha, para que no se le enfriase el hociquito, y muy denodado y resuelto a hacer centinela, se arrimó a la puerta del hórreo, en una esquina, reclinándose en un montón de maíz. Pero fuese la inmovilidad, o el cansancio, o la reacción de tantas emociones consecutivas, también a él la cabeza le pesaba y se le entornaban los párpados. Se los frotó con los dedos, bostezó, luchó algunos minutos con el sueño invasor... Éste venció al cabo. Los dos ángeles refugiados en el hórreo dormían en paz.
Entre las representaciones de una especie de pesadilla angustiosa que agitaba a Perucho, veía el muchacho un animalazo de desmesurado grandor, bestión fiero que se acercaba a él rugiendo, bramando y dispuesto a zampárselo de un bocado o a deshacerlo de una uñada... Se le erizó el cabello, le temblaron las carnes, y un sudor frío le empapó la sien... ¡Qué monstruo tan espantoso! Ya se acerca..., ya cae sobre Perucho..., sus garras se hincan en las carnes del rapaz, su cuerpo descomunal le cae encima lo mismo que una roca inmensa... El chiquillo abre los ojos...
Sofocada y furiosa, vociferando, moliéndolo a su sabor a pescozones y cachetes, arrancándole el rizado pelo y pateándolo, estaba el ama, más enorme, más brutal que nunca. No hay que omitir que Perucho se condujo como un héroe. Bajando la cabeza, se atravesó en la entrada del hórreo, y por espacio de algunos minutos defendió su presa haciéndole muralla con el cuerpo... Pero el enorme volumen del ama pesó sobre él y lo redujo a la inacción, comprimiéndolo y paralizándolo. Cuando el mísero chiquillo, medio ahogado, se sintió libre de aquella estatua de plomo que a poco más le convierte en oblea, miró hacia atrás... La niña había desaparecido. Perucho no olvidará nunca el desesperado llanto que derramó por más de media hora revolcándose entre las espigas.
Se puede leer la obra en el siguiente enlace:
La extorsión,
el insulto,
la amenaza,
el coscorrón,
la bofetada,
la paliza,
el azote,
el cuarto oscuro,
la ducha helada,
el ayuno obligatorio,
la comida obligatoria,
la prohibición de salir,
la prohibición de decir lo que se piensa,
la prohibición de hacer lo que se siente
y la humillación pública
son algunos de los métodos de penitencia y tortura tradicionales en la vida de familia. Para castigo de la desobediencia y escarmiento de la libertad, la tradición familiar perpetúa una cultura del terror que humilla a la mujer, enseña a los hijos a mentir y contagia la peste del miedo.
─Los derechos humanos tendrían que empezar por casa ─me comenta, en Chile, Andrés Domínguez.
Eduardo Galeano, El libro de los abrazos, Ed. Siglo XXI.
Suzanne Vega, Me llamo Luca.
FE
En la inmensa mayoría
En una pequeña población, de vida tranquila y ordenada, dos lagartijas se enredaron a pelear enfurecidas, no ha llegado a saberse la razón pues nadie mostró interés por el altercado, excepto un perro que al pasar junto a ellas y verlas mordiéndose furiosas, las contempló con horror. El perro no podía permanecer impasible ante aquel doloroso espectáculo y se interpuso entre las lagartijas intentando separarlas.
-Chicas, chicas, dejad de pelear. No veis que os vais a hacer daño. Seguro que podemos solucionarlo hablando, por favor dejad de pelear.
Pero lejos de desistir, las lagartijas furiosas también golpearon y mordieron al perro. Viendo que no podía separarlas, decidió que era mejor buscar otra estrategia, pues veía con claridad que nada bueno podía resaltar de una pelea como aquella. Fue entonces cuando decidió buscar ayuda, seguro de que cualquiera vería como él la necesidad de parar aquella pelea, y creyó conveniente ir en busca de un experto en resolver conflictos. Repasó la lista de sus conocidos y rápidamente se puso en camino para conversar con el gallo, que le parecía que al vivir con una familia tan extensa, tantas gallinas y tantos polluelos, era seguro que tendría experiencia más que probada en apaciguar peleas.
-Amigo Gallo, necesito de su ayuda, hay dos lagartijas que se están peleando y no me quieren hacer caso. Por favor, acompáñeme y pongamos paz entre ellas.
- Pero perro, amigo mío. Yo ya tengo bastante con mis propios problemas, no vengas a contarme peleas de lagartijas que nada tiene que ver conmigo, déjame vivir tranquilo.
El perro, que era tenaz en la consecución de sus objetivos, no se desanimó y continuó penando. Quizás no necesitaba un experto, muy posiblemente era mejor buscara alguien grande y fuerte que con su sola presencia impusiera respeto, así las lagartijas al verlo aparecer se sentirían cohibidas y dejarían de pelear…pero si eso no sucedía, al menos alguien muy fuerte podría contenerlas sin que le dolieran sus mordeduras y sus arañazos. Piensa, piensa que te piensa, el perro repasó toda la lista de sus amistades, hasta llegar al burro,¡caray! Aquel era un magnífico candidato.
Acudió junto a su casa y se sentó a esperar, el burro trabajaba en los cultivos y no llegaba hasta que el sol no empezaba su camino descendente en el horizonte.
-Amigo burro, ¿cómo estás hoy? Acudo a ti porque sé que me ayudarás. Verás hay dos lagartijas que están enzarzadas en una pelea brutal y no he podido detenerlas. Si tú me acompañas seguro que a ti te harán caso.
-Muy bien, ¿cómo se llaman tus amigas?
-No lo sé, nunca las había visto…
-¿Entonces? No las conoces de nada y quieres que yo vaya a meterme en sus asuntos. Mira perro, yo por ti haría lo que sea, porque somos amigos.. pero por unas lagartijas que no conozco no voy a perder mi tiempo de descanso. Llevo todo el día trabajando sin parar y tengo hambre, déjame comer y deja de preocuparte por esas lagartijas.
Entre tanto, las lagartijas que continuaban en su lucha, habían trepado por la pared de una casa y se estaban peleando sobre el tejado de paja seca (no olvidar que es un cuento africano) y con tanto golpe y tanta carrera, la paja comenzó a ceder y fue cayendo dentro de la casa. En la casa vivía una anciana, muy muy anciana, que se encontraba preparando su comida de la noche, y al caer la paja seca sobre el fuego comenzó a formarse una gran nube de humo que llenó el interior de la vivienda.
La anciana intentaba salir, pero la lentitud de sus movimientos y los ojos cegados por el humo la hicieron chocar con los enseres que había en la vivienda.
-¡Ayuda!..ayuda…ayuda, gritaba cada vez de forma más débil.
La nube de humo se elevaba sobre el tejado. Los habitantes del pueblo la contemplaban horrorizados, y a la voz de incendio todos se pusieron en marcha. Alguien intentó entrar en la casa, pero el tejado se había desplomado impidiendo la entrada. Otras personas corrieron al pozo para transportar agua, el dueño del burro lo cargó con cántaros y lo tuvo haciendo viajes hasta que el incendio se dio por terminado.
Cuando el incendio estuvo apagado y al fin pudieron llegar junto a la anciana, la encontraron como dormida. Debido al humo había muerto por asfixia.
Sus vecinos y familiares entristecidos por la pérdida declararon un día de luto para celebrar los funerales, que realizaron según su tradición. No debemos olvidar que estamos en Burkina Faso, así que organizaron una gran fiesta con la que celebrar que aquella mujer había disfrutado de una larga vida, lo que da grandes oportunidades para ser feliz.
Como sabéis de sobra, las fiestas básicamente tienen los mismos componentes en todas las culturas, nada se celebra sin compartir una buena comida y sin la música, por eso para celebrar aquella fiesta decidieron asar unas cuantas gallinas y…un gallo ¿sabéis cuál?
Este cuento tan sencillo nos da una visión clara de cómo somos y cómo actuamos, como nos cuesta cooperar, nos cuesta preocuparnos por los demás y también nos cuesta trabajar unidos/as por un mismo fin. La comodidad y el miedo a los demás tira demasiado de nosotros hacia el interior de nuestras existencias, empobreciéndolas y poniéndonos en un riesgo grave, que no sabemos ver. Y es así que nos vemos abocados a cooperar cuando las cosas ya son tremendamente graves. Pero entonces no sabemos hacerlo bien, estamos demasiado acostumbrados a la competitividad, al individualismo y no conseguimos encontrar el equilibrio necesario entre nosotros mismos y ser parte de una colectividad.
FUENTE: Carmen Ibarlucea (comp.), Diez cuentos del mundo que ayudan a educar(nos), Asociación Cultural Tremn.
www.tremn.org
- IV -
No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.
Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas;
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista;
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías;
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!
Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista;
mientras la humanidad, siempre avanzando
no sepa a do camina;
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!
Mientras sintamos que se alegra el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan;
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!
Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran;
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira;
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas;
mientras exista una mujer hermosa
¡habrá poesía!